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“No siento miedo al ébola, pero sí respeto. No se me va ni un minuto de la cabeza”

“Estoy bien, gracias a Dios. Bien, dentro de la situación”. A la pregunta cortés de “cómo está?” con la que se abre la charla, la respuesta, desde Guinea Conakry, no puede ser otro simple y cortés “muy bien, gracias”. Desde que el 23 de marzo el país declarase oficialmente que existía un brote de ébola, la alerta es máxima: el último recuento de la OMS habla de 157 afectados, lo que incluye 101 muertos. Se trata de un “reto excepcional”, en palabras de la OMS, no sólo porque la epidemia haya llegado a la capital, Conakry, sino porque “su gran dimensión geográfica hace que esta situación sea completamente diferente”, en palabras de Luis Encinas, hasta hace unos días coordinador de uno de los equipos de emergencias con los que Médicos Sin Fronteras intenta aislar la enfermedad y reducir su mortalidad.

El brote de Guinea pertenece a la cepa de Zaire, la más agresiva y mortal de esta fiebre hemorrágica sin tratamiento que llega a los humanos a través de varios animales, como gorilas o murciélagos, y luego se transmite entre los hombres por el contacto con sangre, secreciones o vómitos de los infectados, y cuya mortalidad puede llegar al 90%. Es muy letal, es muy rápida en su ataque a los infectados y ha atravesado ya fronteras: la OMS habla de 21 casos en Liberia, 2 ‘probables’ en Sierra Leona y 4 en Mali.

Carmelo García.Carmelo García.

De todo esto es consciente Carmelo García Reyes, la persona que contesta al otro lado del teléfono desde las cercanías de Dubreka, a unos 50 km de la capital. Está instalado allí desde hace tres años, aunque su esposa y sus dos hijos continúan en Las Palmas. Trabaja para la empresa Sagra, de capital guineano y trabajadores canarios, que se dedica a realizar explosiones controladas, machacar y desmenuzar piedras de granito que luego se utilizan, por ejemplo, en la construcción de carreteras. Él -el único de los españoles que en estas fechas está en Guinea- lleva el tema de la contabilidad, el personal, los presupuestos, etc., y tiene a su cargo a unos 25 guineanos. Todos viven y trabajan en el mismo sitio, en una zona acotada a unos 20 km de la localidad más próxima. La amenaza, sin embargo, también está allí. Ha habido ya una muerte en Dubreka.

En mayo, García volverá a Las Palmas -”si Dios quiere”, reitera-, unos 15 o 20 días, básicamente “para tranquilizar a la familia”. Mientras, se mantiene extremadamente alerta: “Yo no diría que siento temor. En el momento en que tenga miedo, cojo la maleta y me voy. Pero sí mucho respeto. Mucho. Sé que no puedo bajar la guardia, porque en el momento en que lo haga, vendrán los cachetones [las bofetadas]“. Y continúa: “El tema sanitario es muy escaso aquí. Y en la calle se venden medicamentos que ni lo son. Pero el gran problema es la ignorancia de la enfermedad. Hay gente que no quiere quemar a sus muertos. No lo entienden. A mis trabajadores les he tenido que adiestrar. Les digo que tienen que echar cloro al agua, lejía, asearse… Si están enfermos los llevamos al hospital y también usamos máscaras. Les digo ‘es por tu bien, por el de tu familia’… A veces he tenido que llegar a extremos: ‘Si no lo haces, te tienes que ir de aquí’”, relata.

Carmelo García se ve obligado hoy a mantener las distancias con los trabajadores, a algunos de los cuales conoce desde hace años. No hay abrazos, no hay apretones de manos, no hay contacto. El ébola obliga. Y ellos no lo comprenden. Tampoco que no haya cura: “¿Y ni siquiera para ti que eres blanco?”, le preguntan. Y ni siquiera. Él, cuando los ve enfermos, les da paracetamol, porque ha oído que así las hemorragias son menos instantáneas. Carmelo es uno de los pocos españoles en Guinea Conakry (110 registrados, según Exteriores, que recomienda a los viajeros valorar la posibilidad de posponer la entrada en el país), pero para él, blanco, como para los guineanos, no hay más opción que la prevención. Por eso, mientras ellos le siguen diciendo “serán los americanos que lo han tirado [el ébola] desde un avión”, él sigue insistiéndoles en la higiene. O en que, cuando visiten a familiares en el interior del país, no coman, como a veces hacen, monos o murciélagos. Y sigue “agudizando todos los sentidos. He hecho un reciclaje: empiezo de cero, como si fuera nuevo en África [lleva en el continente la mitad de sus 42 años]. En vez de echar un vaso de cloro al agua, echo 10. Y lo mismo con la lejía. El ébola no se me va ni un minuto de la cabeza”.

Una de las primeras fuentes de información de Carmelo García sobre el desarrollo de la enfermedad es Alicia Navarro, excónsul de Guinea en las Canarias. Nacida en las islas, Navarro es parte hoy de una ONG, Nimba, que envía material al país, ropa y hasta máquinas de escribir para que algunos puedan trabajar de escribanos en plena calle, transcribiendo las cartas y hasta las partidas de nacimiento que otros les encargan. Navarro estaba en territorio guineano, cerca de la frontera con Senegal, el día que se supo del primer caso de ébola, a finales de febrero, y tras hablar con varios médicos decidió no adentrarse en el país. Mantiene, sin embargo, un contacto directo con la población, a través de los inmigrantes guineanos en España y de su gente allí, especialmente en la zona del sureste donde comenzó la epidemia, la ‘foresta’, como allí la llaman. Dice Navarro -que conoce de primera mano varios casos de fallecidos- que la cifra de víctimas puede superar el recuento de la OMS: “Los alcaldes nos están diciendo que mucha gente muere, los entierran y nadie dice nada. Para los musulmanes es traumático no poder seguir el ritual de lavar al muerto con agua y rociar con esa misma agua a sus hijos; es como faltar a la ley de dios. No creen en los microbios, no creen en las bacterias. Entre las tribus y los poblados del interior es difícilísimo inculcar las medidas de prevención. Hay mucho rechazo entre la población”.

Carretera en Guinea. (Foto: Carmelo García)Carretera en Guinea. (Foto: Carmelo García)

Navarro conoce de primera mano casos de muertes por ébola. Cuando habla con inmigrantes guineanos en España les insiste en que intenten convencer a sus familiares de la importancia de la higiene, de que, si están enfermos, vayan a un centro médico. Pero concluye: ”Si no creen en el contagio, ¿cómo explicarles que tienen que prevenirlo? Tropiezas con una pared”. Carmelo García no quiere acabar la entrevista sin pedir que, como él, las autoridades españolas no bajen la guardia ante la posible entrada de algún caso. Sin embargo, la posibilidad de que la epidemia llegase como tal a Occidente es remota, como muestran diversos estudiosexpertos, a pesar de alertas como la que mantuvo un vuelo inmovilizado en el aeropuerto de París Charles de Gaulle por los vómitos de un pasajero. Según señalaba el divulgador científico David Quammen en un reciente artículo en The New York Times, “afecta a ciudadanos pobres de África [...]. No se trata de nuestros miedos y temores. Se trata de ellos”.

Publicado el 12 de marzo de 2014 en El Confidencial

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