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De atracador de bancos a voluntario de Cruz Roja

José Pérez González (Foto: Miguel Ángel Jurado. Cruz Roja)José Pérez González (Foto: Miguel Ángel Jurado. Cruz Roja)

“Ayudo porque sé lo que puede significar eso, una ayuda. Porque sé lo que se pasa en la calle. Y si puedo colaborar a que se pase un poquito menos mal, encantado de la vida. Y porque soy egoísta: me gusta ayudar, aunque antes no lo sabía”. José Pérez González muestra una media sonrisa. Tiene 63 años y, si se le pregunta, es capaz de trazar un recorrido por las calles de Córdoba nombrando al ’sin techo’ que está en cada calle. “Por la Corredera, el Ángel y Damián; en el Bulevar, también el Ángel, o Antonio; enfrente de El Corte Inglés, siempre José”… Cuenta que si ve a alguno nuevo, le baja ropa, y que a alguno también se lo ha subido a su habitación de alquiler para que se duche. Pero eso es pan para hoy y hambre para mañana. Hay cosas más importantes, como “convencerles de que miren para arriba, para adelante, nunca para abajo, porque abajo no hay nada”.

José Pérez es voluntario de Cruz Roja en Córdoba. Pero no habla desde esa experiencia. Él conoce las calles porque vivió en ellas, después de una vida que se le puso muy, muy cuesta abajo. Nació en Isla Cristina (Huelva) hace 63 años, y a los 7 u 8, no sabe ponerle fecha, ya estaba con una jarra vendiendo leche por las calles. Se colocó de marinero -”lo único que había en mi pueblo”- antes de conseguir la cartilla de navegación, es decir, antes de los 14, y también estuvo de tonelero, entre las maderas con las que fabricaban los toneles para sardinas y arenques. Hacia 1968 se marchó de “viaje de novios” (nada oficial) a “la Alemania española”, esto es, a Barcelona. Trabajaba de peón de obra, “viviendo la vida como se podía… pero bien”. Llegaron los hijos, cinco, pero “pasó lo que pasó…” ¿Y qué pasó? “Pues que empezaron a venir muchos críos, que el sueldo no llegaba y que conocí a personas que ganaban el dinero fácilmente y que podían permitirse lujos que yo no tenía”.

Como ellos, José empezó a vender droga y a consumirla. Y cuando los ‘camellos’, los “grandes”, dejaron de pasarle porque se la cogía toda para él, robó bancos para tener con qué pagarla. Fueron tres o cuatro; el peor, la Banca Catalana en la calle Balmes, donde hubo hasta un tiroteo. Lo apresaron, y en un permiso dos años más tarde intentó atracar otro banco, el Santander. Estaba enganchado. Lo estuvo durante sus 14 años entre rejas: “Lo importante era meterse algo. La cárcel era dura… Y más lo es cuando te metes, aunque en ese momento no lo veas”.

Cuando salió de prisión, su familia había cambiado. “Mis hijos eran hombres, y no habían tenido a su padre ni mi mujer a su esposo… o si lo tuvieron, no fue como debieron”, reconoce. José se encontró en la calle. Durante tres años. Enganchado “a cualquier cosa”. ¿Lo peor? “Claro que el frío te cala, y claro que cuando llueve te mojas, y tienes por cama un cartón y por sábana unos periódicos, pero para mí lo peor fue la soledad. Te dices: ‘No tengo a nadie, estoy solo’. Te encierras y no ves salida”.

Él la tuvo. Le esperaba en un descampado de la avenida Meridiana. Allí estaba José, el excluido, el ’sin techo’, el politoxicómano -como decían sus papeles-, en un coche abandonado con las cejas reventadas por una caída la noche anterior. “Pasó un señor con bici, y se fijó en mí. Era un trabajador social de Cruz Roja, Jaume. Empezó a hablar conmigo. Se preocupó, me acompañó a que me diesen puntos y me llevó a un albergue. Estuve un tiempo y luego volví a la calle… pero empecé a querer cambiar”, narra, En la calle, dice, “hay queaprender a pedir ayuda y ayudar a que nos ayuden. Lo pasado, pasado está, y el futuro es como quieras tenerlo”.

Comedor social en Madrid. (Foto: Ana Goñi)

Comedor social en Madrid. (Foto: Ana Goñi)

El día de su encuentro con Jaume, José, por vez primera, ayudó a que le ayudaran. Se fue a un centro de Carmona -el Restauración, evangélico-, en el que no podía ‘meterse’ nada: “Me estaba volviendo loco, pero bendita locura: empecé a distinguir lo que era tener una vida distinta”. De ahí le derivaron a Córdoba, al centro Nueva Frontera. Salió, se alquiló una habitación y, hace dos años, se puso de voluntario en Cruz Roja. “Ahora la gente me saluda, me quiere. Estoy muy orgulloso. Ahora me siento persona. Una persona útil”.

Los martes, miércoles y jueves, José colabora en el reparto de alimentos. Martes, jueves y algún otro día participa en el apoyo a las familias, acompañando a un señor en silla de ruedas: “Nos reímos, nos contamos… Yo le ayudo a él y él me ayuda a mí”. Viernes y sábado se va a un centro comercial a pedir alimentos para los programas de ayuda; un kilo de garbanzos, un cartón de leche. Y cuando tiene una tarde libre, la de este jueves, por ejemplo, se baja a la calle, a hablar con Ángel y Damián, en la Corredera; con Antonio, en el Bulevar; o, enfrente de El Corte Inglés, con José. A la calle, donde Cruz Roja ha constatado, a través de sus Unidades de Emergencia Social (que atendieron a 12.000 personas en 2013, casi el doble que el año previo) el cambio en el perfíl de las personas sin hogar.

“Ha aumentado mucho el número de españoles antes situados en contextos económicos seguros, que llevan poco tiempo en esa situación”, señalaGonzalo Herrera, responsable de la UES del Corredor del Henares (Madrid). José lo suscribe: “Yo los distingo por las manos, por cómo llevan las uñas… Así sé que no son del gremio. Él sí fue del gremio, de la calle. Por eso sabe que allí “se habla muy poco. No se comparten los sufrimientos, los sentimientos. Y los que se te acercan te hablan reflejando lástima, el ‘ay, pobrecito’, y eso te hace sentir humillado”. José no. Él les habla “en su idioma”, el de aquel trabajador social de Cruz Roja que lo sacó de su hoyo sin techo, Jaume, el del “venga, que te llevo a que te curen”, e intenta “que vean dónde estaba y dónde estoy”.

Publicado el 9 de marzo de 2014 en El Confidencial.

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