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Honduras, entre las acusaciones de fraude electoral y la violencia: “El muchacho tenía un tiro en el pecho”

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Se llama Ashly —su nombre real es lo de menos— y vive en el Sector Ribera Hernández, de San Pedro Sula (Honduras). Está indignada por el fraude electoral que a su juicio ha cometido su actual presidente, Juan Orlando Hernández (conocido en el país como JOH), que se presentaba a la reelección tras un polémico proceso en el Tribunal Supremo. Desde el 26 de noviembre, fecha de las elecciones, ha habido protestas y, al menos, 18 víctimas. En su barrio, cuenta Ashly con tristeza, hace dos días las fuerzas de seguridad mataron a un muchacho. El informe forense dictaminó que la muerte se produjo por un golpe en la cabeza: él, según explica Ashly, tenía un agujero de bala en el pecho. Es lo que se dice en el barrio —lo vieron algunos de sus vecinos— y lo que parece corroborar un vídeo que circula por las redes.
El Tribunal Supremo Electoral del país ha dado esta semana por cerradas las elecciones del 26 de noviembre, y ha declarado ganadorHernández con el 42,95% de los votos, frente al 41,42% de Salvador Nasralla. Eso tras casi un mes de cortes de carreteras y manifestaciones, violentas o pacíficas según quien las retrate. La OEA se ha pronunciado a favor de una repetición electoral, puesto que “el proceso electoral estuvo caracterizado por irregularidades y deficiencias cuya entidad permite calificarlo como de muy baja calidad técnica y carente de integridad. [...] El único camino posible para que el vencedor sea el pueblo de Honduras es un nuevo llamado a elecciones generales”, según señala en un comunicado. Por su parte, la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea Honduras 2017, a la espera de su informe final, se ha mostrado más proclive a avalar la labor del Tribunal y el resultado.
Mientras, en la calle, continúan las protestas y el miedo. Ayer Ashly salió de su casa para acompañar a dos miembros de una ONG europea a visitar un centro en otro barrio cercano. Las entradas estaban tomadas por las maras: ellos tuvieron que regresar a sus casas. Las manifestaciones, según la oposición, son pacíficas, pero en los barrios más pobres —así lo explica uno de estos cooperantes— los indignados son mareros, que ya de por sí son muy violentos.
Ashly está muy asustada. Teme una represión más cruenta por parte del ejército. Aun así, mantiene su esperanza: “No sé cómo acabará esto, pero al final triunfarán la verdad y la justicia”.

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