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¿Y SI ZELDA FUE VÍCTIMA DE SCOTT?

Fue la noche del 10 de marzo de 1948. La chispa saltó en la cocina, y en aquel maldito hospital de Asheville (Carolina del Norte, EEUU), donde hasta las salidas de incendios eran de madera, nada pudo frenar el fuego. Cuesta imaginar a Zelda Sayre Fitzgerald desencajada entre la humareda. La gran Zelda que enamoró al escritor Francis Scott Fitzgerald y quién sabe a cuántos hombres más, aquella mujer con nombre de gitana que fascinó y escandalizó con su libérrima vida, la reina de Nueva York que tan pronto se encaramaba a lo alto de un taxi como se lanzaba, de un brinco, a una fuente de Union Square, siempre exquisita, siempre ebria. Cuesta imaginarla, sí, chillando de pánico junto a sus ocho compañeras de cautiverio y de destino. Aquella amarga noche de marzo de 1948 en que las llamas devoraron el sanatorio de Asheville no sólo murieron nueve mujeres a quienes el mundo había declarado locas. Con Zelda se apagaba el último rescoldo de los felices 20.
Con ella morían también la Rosalind de A este lado del paraíso, la Gloria de Hermosos y malditos, la Nicole de Suave es la noche y, sobre todas, la Daisy de El Gran Gatsby. Zelda había sido la musa de Scott, el alma de las mujeres que él soñó en sus libros. La trama de la que nacían sus historias. Se conocieron en un baile, en 1918. Ella, 18 años y él, 21.
Zelda era una niña mimada del sur, una belleza rubia de familia bien (su padre era juez de la Corte Suprema) a la que le gustaba escandalizar a las mentes puritanas de su Montgomery (Alabama) natal, bailar, frecuentar a jóvenes y nadar con un traje de baño color carne que alimentaba los rumores de que se sumergía desnuda. Él había nacido en St. Paul (Minnesota), andaba destinado en un campamento próximo a Montgomery y, por mucho que aspirara a vivir de lo que escribía, hasta la fecha no era más que un soldado nacido en una familia venida a menos, cuyo padre se había empleado vendiendo jabones. Pero sabía bailar, era guapo, educado y seguro de sí mismo. De aquel encuentro entre la aprendiza de flapper y el teniente nació una pasión amorosa, sexual y creativa que los marcaría hasta el fin.
Tras meses de alcohol, amor y compromisos rotos, a él le confirmaron la publicación de su primera novela (esa A este lado del paraíso en la que modeló a su heroína a imagen de Zelda), y ella, a cambio de su éxito, dijo sí. Scott la sacaría de aquel aburrido Sur. El 26 de marzo de 1920 la novela apareció en las librerías, el 30 Zelda llegó a Nueva York y el 3 de abril se casaron en la catedral de Saint Patrick.
El resto de su historia ejemplifica como nada la locura de aquellos felices 20, de aquella era del jazz que nació tras la Gran Guerra y quebró, como en un mal sueño, la crisis del 29. Los Fitzgerald se bebieron la década al endiablado ritmo del foxtrot. Tanto que no sobrevivieron a su resaca. Tras el enlace, se convirtieron en los personajes más conocidos de Nueva York, adictos a todos los clubes, expulsados de todos los hoteles y dueños de todas las portadas. Tuvieron una hija, Frances, y Scott siguió escribiendo, pero había una cara B: las peleas, espoleadas por el alcohol, y las deudas, que el escritor pagaba redactando cuentos para revistas. Uno de ellos, El curioso caso de Benjamin Button, aspira hoy a varios Oscar convertido en filme.
En 1924 marcharon a Francia, a la Riviera, donde él escribió su obra cumbre, El gran Gatsby. Ella, aburrida, vagaba por los casinos y cayó en los brazos —quizá literalmente— de un piloto galo, Edouard Jozan. Se dice que Zelda le pidió el divorcio a Fitzgerald, y que él la encerró en casa hasta que cedió, y juntos viajaron a París en 1925. Allí, Fitzgerald se sumó a los escritores de la generación perdida (Dos Passos, Ezra Pound, Hemingway), mientras este último levantaba la leyenda negra que ha rodeado a Zelda. En París era una fiesta, Hemingway la acusa de ser la causante de la degeneración de Scott. «Entonces no conocía aún a Zelda, y por consiguiente no tenía ni idea de las temibles desventajas contra las que luchaba Scott».
Desde entonces, Zelda fue vista como el mal de Fitzgerald, la mujer egoísta y vacua que lo sumergió en un círculo de alcohol y gritos que le impedían escribir, al tiempo que, aburrida, plagiaba su estilo en su propia obra deleznable (Resérvame el vals).
Ahora el escritor Gilles Leroy le ha dado voz propia en Alabama Song (RBA), una novela en la que reclama su verdadero puesto en esta historia. «Scott nunca me dejó aprovechar ninguna oportunidad. Más bien puso mucho empeño en fastidiarme todas las oportunidades», escribe Leroy y dice Zelda en ese libro. En él aparece una mujer intensa y con talento propio apagada por un Scott autoritario y celoso de su éxito, capaz de usar fragmentos de los diarios de su esposa en sus novelas («parece creer que el plagio comienza en casa», escribió la Zelda real) y de pedir a sus médicos que requisaran sus escritos.
De lo que no cabe duda es de que se destruyeron, juntos, en aquella «cloaca elegante» en que se convirtió su vida (en palabras de Leroy-Zelda), entre botellas y novelas que retrataban una década que naufragaba con ellos. En 1930, Zelda ingresó en el primero de una larga lista de sanatorios, donde fue tratada de esquizofrenia. Ya de vuelta a EEUU, y tras publicar Resérvame el vals (ella, en 1932) y Suave es la noche (él, en 1934) —ambas, según proclamó furioso el escritor, realizadas a partir del mismo material—, él sobrevivió en Hollywood escribiendo guiones. En 1940 murió en casa de su amante, la columnista Sheilah Graham. Ocho años después, su esposa, la musa de su literatura, ardía en un hospital de Asheville.

Publicado en Crónica,  de EL MUNDO, el 22 de febrero de 2009

Zelda Sayre Fitzgerald

Esposa y musa de Scott Fitzgerald.

Fue una mujer libre que fumaba, bebía y vivía sin remilgos en los años 20.

Novela. «Alabama Song» (RDA), de Gilles Leroy, premio Goncourt 2007. De forma novelada, Zelda se defiende de su leyenda negra: haber abocado al escritor a la destrucción.

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